7 de enero de 2014

Retenida Bajo la Oscuridad Cap. IV




No sabía cuánto tiempo exactamente llevaba allí parada, en medio de la sala -de ese pisito tan chic- y sin probar prácticamente nada, de lo que Patch me había dejado para que comiera algo.

Según él: «Para recuperar las fuerzas».

Pensar en lo que podría ocurrir me dejó sin aliento, con un ahogador nudo en la garganta.

Como si llevara semanas vagando por un desierto y necesitara hidratarme, me abalance como una verdadera posesa a por el vaso lleno de zumo que descansaba sobre una mesita.

Tragaba el contenido sin pausa alguna, cuando escuché a mi izquierda el tono enfático de Patch. Estaba de vuelta.

Apenas has probado nada –me regañó.

Casi atragantándome y mientras dejaba el vaso vacio de vuelta a su sitio, intenté justificarme:
Eh… no tengo mucha hambre –como seguía con la camisa rasgada, con disimulo hice lo posible por ocultar esa parte desabrigada de ropa de su mirada atrevida.

Sí, ya veo –bufó con sorna-. Tal vez tengas hambre de otra… cosa.

¿Qué? –dije agrandando los ojos.

Ignorándome por completo, señaló tendiéndome la mano:
Tienes magulladuras, estás sucia y además, temblando. Será mejor que te lleve a la ducha.

Mi sentido común me indicaba que me echara a correr, pero… ¿A dónde?

Retrocedí instintivamente unos pasos hacia atrás. Patch entrecerró los ojos y la ira ensombreció sus rasgos, haciéndome acongojar ante esa expresión.

¿Quieres que vaya a por ti? –me advirtió con tono truculento.

Tragué saliva con demasiada dificultad. Debía recordarme que lo mejor era no irritarlo, ya que ese no era el Patch de siempre, el que yo conocía y del cual… me enamoré.
Con un escueto asentimiento de cabeza caminé hacía él, y cuando lo alcancé, me dejó pasar delante para que presidiera la marcha que nos separaba del baño. Quizás me ponía a prueba, cerciorándose de que sí realmente habíamos sido novios, conocería al dedillo su apartamento.
Sentí una extraña satisfacción cuando enfilé correctamente hacía el destino establecido. Le había demostrado una vez más, que aquel hogar no era ningún desconocido para mi, todo lo contrario.

La mirada de Patch era especulativa, como sí sopesara sí creer o no, en absolutamente todo lo que yo le había confesado. Esa imagen me dio un hilo de esperanza… Una esperanza que duró apenas nada, cuando con una engañosa calma echó el cerrojo a la puerta del baño. Encerrándonos a ambos en el interior de la habitación.

«¡No, no podía ser!».

El temor a lo que pudiese suceder me impidió reaccionar, solamente me quedé allí, erguida como una estatua, observándolo incrédula. Ni siquiera me moleste en unir mi camisa destrozada, lo que permitía una más que nítida visión, de mi sujetador negro.

Creí que…

Desnúdate –me interrumpió haciendo una mueca, pero en realidad, sin sonreír en lo más mínimo.

Agrandando los ojos titubé. Aquella especie de orden desudada de Patch me había golpeado desprevenida.

Negando con la cabeza para aclarar las ideas, dije:
- Yo… eh, creo no haber entendido bien. Has dicho…

- Que te desnudes, ¿tan complicado es? –sus ojos adquirieron un brillo burlón pero también de impaciencia.

- No me obligues… yo…

Un tic nervioso cruzó la mandíbula de Patch, era obvio que le enfurecía mi actitud miedosa ante él.

Dando unos pasos a mi encuentro repuso:
Yo que tú comenzaría a desvestirme porque sí lo hago yo… dudo sí quiera que lleves a poner un solo pie en la ducha –su mirada era destelleante- ¿Sabes por qué?

N.. no –balbuceé, con cierta paz al ver que se detenía a mitad del camino.

La mirada de Patch se demoró durante unos instantes en la contemplación de mis pechos, lo que causó que mis mejillas se tiñeran de rojo.

Porque estaría más entretenido en hundirme entre tus muslos, mientras te follo una y otra vez.

Esa franqueza hizo que se despertaran en mi anhelos, recuerdos… Y me odie por eso.

Tú decides –me urgió Patch enarcando una ceja a la espera de mi decisión.

Enfadada más conmigo misma que con él, por como las emociones me estaban traicionando, alcé la barbilla con gesto altivo y sin dirigirle ni una sola palabra, empecé a deshacerme de la camisa mientras no apartaba mis ojos de los suyos.

La comisura de los labios de Patch, se curvaron en un atisbo de sonrisa. Triunfal.

Sí… eres una chica muy lista.

Seguramente el sonrojo de mi rostro debía ser más que evidente porque me notaba las mejillas acaloradas, pero aún así, seguí con la tarea. Esta vez con decisión, me libré de los pantalones y calzado, quedándome ya tan solo, en ropa interior.

Cuando me erguí por completo clavé la mirada en Patch y apreté los dientes con fuerza.
Él se pasó la mano por el mentón reflexivo mientras sin cortarse ni un pelo, revisaba cada centímetro de mi figura recta, lánguida.

No has terminado –señaló con aparente tranquilidad y el semblante inmutable.

¡¿Qué?! –mi expresión debía ser funesta.

Quítate también la braguita y el sujetador –sonaba sereno pero la tensión en sus músculos indicaba que no bromeaba.
Cerrando los ojos con fuerza intenté hallar refugio, pero esa triste solución era absurda, además de ridícula. Así que probé suerte por otra vía.

P… Patch, por favor… no…

Esos ojos como la noche más oscura, carente de luna y estrellas, me taladraron y en un tono cauteloso, pero no por eso menos sádico, me espetó:
¿No se supone que te he visto con anterioridad ya desnuda?

Asentí con la cabeza.

Bien, ¡pues quiero que me demuestres por qué elegí a una muchachita como tú, tan pudorosa y diría casi hasta inexperta, para calentar mi cama! ¿Entendido?

Tragando saliva para deshacerse del nudo que tenía en la garganta, seguía sin reaccionar, y sentí que los nervios me atenazaban cuando Patch hizo un amago de moverse hacia mí, con un gesto pétreo e implacable… Amenazador.
Quizás ese fue el instante en el que, al fin, reconocí mi derrota durante esa noche. Mi derrota no solo en el campo de batalla, sino ante el chico que en esos momentos, no era más que mi captor y de alguna forma, mí verdugo. No quedaba nada al parecer, de los sentimientos que juró que tenía hacia mí la última vez que nos vimos.

Mi sonrojo se intensificó cuando temblorosa llevé las manos al cierre de mi sostén y lo solté. Apurándome a bajar los parpados para no derrumbarme, dejé caer la prenda al suelo…

Continua –dijo Patch con voz ronca logrando asustarme al no esperármelo.

Alzando un poco la vista, descubrí como contemplaba lascivo los montes trémulos que cubrían las puntas de mis pechos.
Sin desviar la mirada de mis senos, repitió:
Adelante, continua. Comienzo a a entender por qué te elegí en su momento.

Frente a la deliberada crudeza de esos ojos oscurecidos, y haciendo verdaderos esfuerzos para no llorar, ni suplicar, posé las manos en el borde de mis braguitas y aunque dudé, creyéndome imposible de hacerlo, finalmente tiré de la última e insignificante prenda hacia abajo, hasta que cayó sobre mis pies y la aparte del medio con un leve puntapié.
Los ojos de Patch estaban velados de pasión y mientras revoloteaba la mirada por mi desnudez, comprobé como apretaba la mandíbula de igual manera, que en sus costados hacía lo mismo con sus puños, logrando de ese modo que sus músculos delgados sobresalieran perfectamente.
Estaba a punto de decir algo, aunque no sabía exactamente qué, cuando él pasó a mi lado, aparentemente en un estado pacífico, tranquilo, y comenzó a mí espaldas, a abrir la llave de la ducha.

El repiquetear del agua al caer llegó hasta mis oídos, junto con el vapor templado y agradable, de la temperatura adecuada, invitándome a sumergirme, deseosa de acudir al encuentro de esa armoniosa lluvia artificial.
Tenía los párpados cerrados, disfrutando del pequeño regalo improvisado, cuando noté una mano acariciar brevemente una de mis nalgas, detrás de mí. Di un respingo en seguida y una risa canallesca resonó en la habitación, que empezaba a llenarse de nubes etéreas.

Ven –tomándome de la mano me llevó hasta la bañera y me ayudó a entrar en ella.

Las primeras gotas que salpicaron mi piel me pusieron en tensión, en alarma, como había sucedido durante todo ese día, pero de inmediato mi cuerpo se fue relajando, hasta tal punto, que llegué a olvidar por un momento que tenía compañía, y peor aún, un público que veía en primera fila el espectáculo.

Roja de la cabeza a los pies, y mientras intentaba taparme como podía, cambiando de posición, le espeté:

Puedo ducharme yo sola. No te necesito, puedes marcharte.

¿En serio?

¡Sí! –chille airada por captar en muchas de sus palabras diversión-. ¡Sal de aquí!

Te recuerdo, que esta es mi casa y soy yo quién decide lo que haremos.

¿Haremos? –pregunté repitiendo con incertidumbre.

Un brillo infernal hizo acto de presencia en sus ojos negros.
Sí, haremos –reafirmó, y a continuación, sin ningún tipo de reparo, empezó a desvestirse.

Me quedé atónita, y en un breve intervalo, no pude apartar los ojos de él. Su cuerpo delgado, pero musculoso, era perfecto. Su piel bronceada aseguraba calidez, y sus movimientos, eran como los de un depredador. Sutiles y elegantes.

Te aseguro preciosa, que lo disfrutaras –aseguro, sacándose la camiseta por la cabeza y desabrochándose los pantalones, sin apartar sus ojos de los míos. Era pura arrogancia y seducción.

Con el rostro en llamas, rompí el contacto visual, justo cuando quedaba ya, tan solo, en bóxers de color negro. Apurándome a darle prácticamente la espalda.
Ojalá tuviera encima una toalla o una manta, con la que cubrirme. O mejor aún, ¡desaparecer! Pero desgraciadamente, no.

Bonita visión –su tono era ronco, aprobador. Refiriéndose a la imagen que le había ofrecido, inconscientemente, sin quererlo, de mi cuerpo de espaldas a él.

El corazón me palpitaba alocadamente, y tenía la sensación, que el sonido podía sobresalir, más allá, del repiqueteo del agua de la ducha. Delatándome traicioneramente.

Deja de jugar… conmigo –parpadeé rápidamente para que las lágrimas no me vencieran-. Déjame tranquila… y… -Negociar, nunca había sido del todo, una de mis cualidades- … Podríamos lle… llegar, a un … acuerdo.

Repentinamente sentí pegado a mi espalda, un cuerpo duro, alto, caliente, y muy… excitado, encerrándome entre la pared y él. Impidiéndome cualquier desesperado intento de fuga.
Las piernas me temblaron.

Ya he llegado a un acuerdo –afirmó, frotándose de manera deliberada detrás de mí. Percibí la dura e inconfundible prueba de su excitación clavarse al final de mi espalda, ya que me superaba en altura, y un escalofrío de deseo me traspasó.

Me quedé sin aliento y apreté con fuerza dolorosa los dientes, para no dejar escapar un gemido y/o jadeo, de anhelo.

No… no lo ha… hagas –tartamudeé.

¿El qué? –había inclinado la cabeza, y sus labios susurraban en mi oído. Hipnóticos-. ¿Hacerte mía justo en este preciso instante? –ronroneó travieso, antes de mordisquear y lamer, juguetón, el lóbulo de mi oreja izquierda.

S.. sí.

Tenía ganas de abofetearme. Patch estaba logrando que mis temores se cumplieran. Como siguiera por ese camino y no tuviera la suficiente fuerza de voluntad, la que terminaría suplicando por tenerlo dentro de mí, sería yo.

Me deseas tanto como yo a ti –sin retirar el sonido encantador de su voz en mi oído, atrapó mis pechos con sus grandes manos. Un gemido ahogado salió de mi garganta, y la risa de Patch tintineó en mi oreja-. No puedes negarlo, preciosa.

Sí… sí que puedo –no podía rendirme. No quería.
Tú negativa, poco creíble, solo consigue ponerme aún más duro, de lo que estoy ya.

Me sacudí para librarme de él.

Shhh… -envuelta entre la cárcel de sus músculos y el muro de baldosas que tenía, frente a mí, aquella intentona pasó a mejor vida-. Deja de comportarte como una niñita, y demuéstrame que juntos, somos capaces de emular al mismísimo infierno.

Y como si tuviera pleno derecho sobre mí, me apretó más contra su ancho pecho, echó mi cabeza para atrás, apoyándola sobre su hombro y dejándome plenamente a su merced. Bajó la boca y atrapó mis labios, obligándome a abrirlos y de esa forma, poder violarme con la lengua. Con desbordante intensidad, con ansioso ardor.
Mientras me besaba, sus manos no dudaron en oprimir y masajear mis senos. Tirando un poco de los pequeños capullos que se alzaban en la cima de mis pechos y jugueteó con suavidad con ellos. Mis pezones no tardaron en endurecerse doblemente, con su tacto lleno de habilidad.

Patch… -pronuncié su nombre maquinalmente, aún con su boca unida a la mía, e instintivamente busqué más su contacto, pegándome más contra él.

¡No! -bramó molesto, cuando me oyó llamarlo Patch.

Gruño ante mi reacción e incrementó el beso, con más fiereza y menos delicadeza. Una de sus manos fue descendiendo lentamente por mi vientre, hasta hallar el principio de mi pubis. Y se detuvo.
Respiré agitada, cuando rompió el morreo en toda regla, que nos estábamos dando, y me contempló en total silencio unos instantes.
El agua que caía por encima de nuestras cabezas, parecía recrear algún tipo de música relajante cuando golpeaba nuestra piel al caer. Casi hasta celestial.
La imagen de Patch mojado, con el agua bañando cada centímetro de su glorioso cuerpo, logró estremecerme. Era endiabladamente atractivo. Un mal atrayente… Demasiado.

Cuando te vi, supe que serías mía, y no estoy dispuesto a esperar, ni a jugar a las citas o conquistas, para follarte.

Su mano llegó ahora, hasta el triángulo de mi sexo, quedando oculto cuando plantó su palma en el. Creí que me desmayaría.

Para… -retiré la cabeza del apoyo de su hombro y la bajé porque no soné muy convincente, lo que tuvo como recompensa, que Patch hiciera una mueca presuntuosa.

Pararé cuando haya terminado contigo.

¿Qué quería decir exactamente con aquella frase?... «Cuando haya terminado contigo».

Tragué saliva con nerviosismo.
Aquellas palabras me inquietaron y como era costumbre en él, leyó correctamente las preocupaciones que martilleaban mi mente sin piedad.
Enarcó una ceja y sonrió de manera sagaz, pero también burlonamente.

Eres muy inocente, pequeña. Creo que tenemos ideas muy diferentes de castigos –enfatizó la última palabra con un humor ácido.

Con dedos seguros, los que dan la práctica, formo círculos por mi clítoris. Acariciándolo, frotándolo…

¡No! –protesté, pero él me inmovilizó.

Sí –repuso separando los labios vaginales mientras aceleraba la fricción en mi sexo-. Sí, aquí y ahora –sentenció.

Cerré los ojos ruborizada e intenté aferrarme a la pared que tenía ante mí, con manos trémulas, lo mejor que pude. Empezaba a notar la humidad y el palpitar de mi vagina, y de nuevo sentí ganas de llorar. De llorar, por no empujarlo y luchar, y lo que era aún mucho peor, por el deleite que me causaba el placer que me estaba dando. No podía pensar con claridad, porque sólo existían las sensaciones, la seducción y la lujuria.

Introdujo un dedo en mi hendidura e hizo que de mi garganta brotara un diminuto grito de sorpresa y de disfrute.

Niégame que no quieres esto, Nora –salpico de besos mis hombros y cuello.

Como no quería darle esa satisfacción, guardé silencio, sellando mis labios con verdadera demencia.

¿No respondes? –musito melosamente a mi oído-. Puede que tal vez, necesites un aliciente –y dicho esto, guió un segundo dedo y lo metió, junto con el primero, hasta los nudillos.

Jadeante, di un respingo y mis paredes internas estrangularon a esos dedos invasores, que sin detenerse en lo más mínimo, comenzaron a masajearme por dentro, para después pasar a simular, metiéndolos y sacándolos, un coito con ellos.

Por favor… -sollocé en medio de una neblina de pasión y de reproches.

Quiero oírte gemir, gritar de placer –murmuro aumentando la caricia entre mis muslos, y acompañándola igualmente, con la mano que había dejado en uno de mis pechos-. No te niegues a esto, porque… pasará. Quiero una mujer esta noche, y esa mujer eres tú.

Y de momento consiguió otra nueva derrota en mí, porque aunque intenté morderme la lengua para acallar mis sentidos, Patch los derribó fácilmente con su exquisita y experimentada habilidad, desencadenando que de mi garganta salieran gemidos, en un primer momento más débiles y a continuación, más audibles, ruidosamente sonoros.

Así me gusta, eres una buena chica –percibí la risa en su voz, pero en aquel momento, y con esa especie de marea abrasadora que me arrastraba hacia algún lugar sitio, a las alturas, me daba absolutamente igual-. ¿Te gusta lo que te hago?

Sí… -borboté irremediablemente.

- ¿Mucho? –insistió él, sin dejar lo que hacía.

Involuntariamente, y a modo de respuesta, mi cuerpo comenzó a bailar una danza sensual. Frotándose contra la rigidez de sus músculos fuertes, y sobre todo, contra su más que endurecido miembro.
Lo oí gruñir, con sus labios pegados a mi nuca, mientras se unía y me acompañaba, en esos sinuosos y eróticos movimientos.

Me vuelves loco –dijo cuando una cima se vislumbraba ante mí, prometiéndome algo fabuloso, grandioso…

Pero de repente, Patch frenó todo aquel despliegue de habilidades y locura, retirando las manos de sus ocupaciones los últimos instantes, y llevándolas a mis caderas, donde detuvo el vaivén que ejercía al restregarme con su polla.
Parpadeando confundida, puse voz a algo que pretendía ser un pensamiento:

No… no, te… detengas.

Sentí como recorría con sus manos mi cintura y su aliento en mi oreja.

Es bueno oírte decir eso, porque no lo haré –su mano de deslizó por uno de mis muslos, separándolo un poco del otro, y todo mi ser tembló. Estaba llena de frustración por haberme dejado a medias-. Estas caliente, puedo notarlo… Lista para mí –su otra mano desapareció de mi vientre, pero en segundos, comprendí su nueva ubicación.

Su falo paseaba por mi trasero, conducido por un Patch incitador.

Relájate –inquirió él.

Me tensé mucho más, cuando pude captar entre mis nalgas, como entraba y salía, apenas del portal, sin penetrar en realidad, lo que sería su glande.

Agrandé los ojos horrorizada.
No… no creo que…

Depositó un beso fugaz en mi hombro y dijo:

No, yo tampoco creo que puedas… al menos de momento –era evidente que se tronchaba por dentro y que quizás, todo aquello le parecía muy divertido-. Para no ser virgen, pareces como sí lo fueras –quizás se trataba de una pregunta, envuelta con el disimulo de un simple comentario.

Me tambaleé unos segundos sobre mis pies inestables y sin querer, choqué contra él. Patch me mantuvo erguida sin esfuerzo alguno. Probablemente, mover un muro de hormigón hubiese sido más sencillo.

¿Nerviosa? –inquirió socarrón.

N… no –mentí.

«¡Oh, Dios mío, sí que lo estaba!».

Yo que tú lo estaría sí no fueras… obediente –puntualizó, mientras separaba más mis piernas-. Pero sí te portas bien, no tienes por qué. ¿Entendido?

Hubiese estado bien poder decirme, que asentí con la cabeza al responder, porque andaba como un cervatillo asustado ante la presencia de un depredador salvaje que me asechaba, pero era tal el anhelo que Patch había despertado en mí, que rogaba porque pusiera fin y aplacara el nudo de deseo que sentía aflojarse y distenderse en mí pelvis.

¿Entendido? –al parecer, no le bastaba con mi asentimiento de cabeza.

Sí –repuse de nuevo.

Volvió a inclinarse y apoyar mi cabeza sobre él, para besarme de nuevo. Sus labios exploraron cada contorno de los míos, para después rematar en un largo y exigente beso. Nada tierno, pero tampoco fue agresivo.

S.M. Afonso

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